Crónica de una carga policial

Varios grupos de jóvenes, en número reducido, esperaban el momento idóneo. Los comercios habían cerrado sus puertas de hierro ante la posibilidad de cualquier destrozo. Personas mayores cruzaban con nerviosismo la calzada y se perdían por las calles adyacentes. Había tensión a pesar de las falsas risas que algún grupito dejaba sentir. Sabían que momentos después la policía haría acto de presencia y la experiencia en estos casos servía de muy poco. La manifestación era un escape en el que se vomitaba con consignas, todo aquello que hacía daño, que se creía injusto.
La sangre corría por las venas golpeando rítmicamente el corazón. Pronto, las pulsaciones se dispararían en pos de una tremenda excitación fruto de una mezcla de angustia y esperanza con la que, por unos momentos, se sentirían libres, aunque después les recordaran que no era así. Correrían y tratarían de evitar el peligro y cuando éste hubiera pasado, se dejaría entrever media sonrisa con la que se expresaría un sentimiento de victoria, en la ya continua derrota. Algún día todo sería diferente. Ellos así lo habrían manifestado y deseado.
Él y ella llegaron en el momento justo en que los grupos se juntaban ocupando la calle y avanzando hacia arriba, al centro de la ciudad. Las pancartas desplegadas exponían las reivindicaciones estudiantiles que, como seres humanos, consideraban justas y necesarias, pero que por contrarrestar las opiniones de los grandes del país, no eran tenidas en cuenta.
Las primeras consignas se mezclaron con el aire, primero débilmente, luego con energía, pero sus propios oídos no las escuchaban, se estaba pendiente de la voz de alerta que comunicara la llegada de la policía que por ser tan esperada, no era bien recibida.
No lejos de allí, diez ordenados jeeps policiales (ratoneras), esperaban órdenes de marcha. Sentados en la parte posterior de cada uno de ellos, varios hombres de uniforme gris, sostenían con una mano el casco de visera y con la otra acariciaban la cachiporra unida a la cintura. Hablaban poco. Todos pendientes de la orden de acción. El resto, ya lo sabían.
Transcurridos quince minutos del inicio de la manifestación, una cierta duda recorrió las mentes de varios jóvenes. Aquella aparente tranquilidad no era normal en aquel tipo de acontecimiento.
– Esto no me gusta – dijo él -. Rara vez nos han dejado caminar tanto.
– Quizá la selectividad no sea motivo suficiente para actuar – creyó razonable ella.
– Han actuado por cosas que en teoría tenían mucha menos importancia.
Nadie se dio cuenta de la llegada de unos veinte muchachos, vestidos con pantalón claro y camisetas muy similares que, al dispersarse, se situaron estratégicamente a lo largo y ancho de la manifestación, formada en aquellos instantes por unas cuatrocientas personas. Tenían una misión por cumplir.
Él no coreaba las consignas, tampoco las escuchaba. Los ojos se perdían más allá de las últimas cabezas de los compañeros intuyendo ver lo que nadie veía. Algún sector se estaba confiando y era lo peor que podía ocurrir.
Los exaltados se creían cada vez más fuertes y sólo faltaba que alguien les empujara hacia la provocación.
Voces contra el régimen se dejaron oír.
Voces contra el dictador.
Voces contra el Gobierno.
Voces agitadoras.
Voces.
Las nuevas consignas ya eran masivamente coreadas cuando llegaron a la plaza del Ayuntamiento y lo que empezó como una concentración reivindicativa, tomaba canales directos de ataque a los máximos responsables del país, con la figura del Jefe del Estado a la cabeza.
Un jeep les cerró el paso. El aviso corrió. Los últimos manifestantes dieron media vuelta e intentaron correr. Un nuevo jeep hacía su aparición y desplegaba a sus hombres a lo ancho de la calle. Se quiso huir por las diferentes bocacalles que confluían en la plaza. Todas tenían las mismas características que los dos anteriores. Habían caído en una ingenua trampa, pero ya no importaba. Estaban acorralados.
La policía les observaba sin actuar, detrás de las viseras.
Pronto hizo su aparici6n la dotación de los diez jeeps por la misma dirección que la de los manifestantes. Las puertas traseras se abrieron y sus ocupantes saltaron a tierra; se colocaron los cascos protectores a la vez que cerraban las manos en aquellos objetos alargados y contundentes que pronto golpearían duramente los indefensos cuerpos de aquellos muchachos, pues habían osado confundir la justicia con la injusticia, la verdad con la mentira, la libertad con sus gritos. La insolencia tenía ya su sentencia y los que más, notarían allí mismo su perfecta ejecuci6n.
– Nos van a hacer papilla – gritó un menor de edad con las facciones asustadas.
Él la cogió a ella por la mano y la arrastró hacia un pequeño corro en el que se encontraba un compañero suyo.
– ¿Habéis pensado en algo?
– Hemos de abalanzarnos sobre la bocacalle menos guarnecida, es la única forma de escapar a esta encerrona.
Varios jóvenes se unieron al grupo que iba a intentar abrir el paso a la gran mayoría, antes de que la policía cumpliera su equivocado deber.
¡Vamos! – gritó alguien.
Comenzaron a correr formando una compacta masa de veinticinco cuerpos hacia aquellos ocho grises ti que cubrían perfectamente los doce metros de anchura de su única vía de escape.
El resto de manifestantes comprendieron la alternativa y corrieron también, siguiendo a sus compañeros, realizando espontáneamente un segundo frente, esta vez mucho más numeroso y al que la policía había empezado a causar bajas en su retaguardia.
Amparados en el pavor del momento, los infiltrados desaparecieron tras los jeeps.
El círculo policial se reducía de forma efectiva. El primer grupo chocó contra los policías, estos levantaron las porras y haciendo escapar un silbido en el aire, las lanzaron con fuerza sobre aquella masa que intentaba amortiguar los golpes cubriéndose las partes más elevadas con brazos y manos.
La colisión fue terrible.
Nos pegaban sin cesar y vi caer a los primeros, lo que hizo que nos uniéramos más. Recibí un fuerte golpe en el brazo y en la espalda y ella en un hombro, pero no fue suficiente para hacernos perder el equilibrio. Continuamos.
El ímpetu con que llegaron empujó a tres policías que, junto a los primeros jóvenes, cayeron al suelo. Uno de los policías se vio materialmente atropellado y rabiosamente golpeado por las piernas que huían hacia la posible salvación.
Se hacía de noche.
El jefe de la policía, al darse cuenta de la desesperada y estratégica acción, ordenó reforzar la zona con más hombres para impedir por todos los medios -¡disparen si es necesario! -, el éxito de la maniobra. Los hombres, sin dudarlo, corrieron velozmente hacia el lugar que soportaba toda la atención. Tenían el arma en la mano.
Se había conseguido abrir un pasillo. Seis quedaron en el suelo con muestras visibles de dolor; los demás, levemente contusionados, seguían adelante.
Miré al frente y no vi ningún policía. Volvía a renacer en mí la esperanza de la que había dudado. Apreté con nervio la mano de mi amiga y juntos como hasta ahora, corrimos más que nunca.
El segundo frente vio cerrarse la ilusión y aumentar la angustia y desesperación. Los refuerzos ya taponaban la bocacalle y la contundencia del nuevo choque fue desigual, desuniéndolos por completo. Tenían lugar inútiles carreras hacia una posible salvación o milagro en el que ya nadie creía.
La policía estaba cumpliendo y la sangre ya asomaba en algún rostro demacrado por el dolor. Todo fue muy rápido y se recibieron nuevas órdenes. Ahora se detenía a unos cuantos y el que no podía subir al jeep por su propio pie, era lanzado como saco de patatas. Se empujaba violentamente a los que quedaban en pie. Con un megáfono se indicaba la conveniencia de que los muchachos se dispersaran y no volvieran a reagruparse – por más que lo hubieran querido, no hubieran podido -.Era absurdo pensarlo. Algún que otro policía se ensañaba con su víctima que, a sus pies, recibía un castigo que juiciosamente no tenia porque admitir, pero la violencia no era escoltada por la razón.
Se dio orden de retirada.
El único grupo que pudo escapar fue seguido por cuatro policías que corrían como leones en busca de su presa. Ya era noche oscura y las calles estaban iluminadas. Él y ella se separaron del resto doblando la primera esquina y avanzando por el centro de la calle. Algunas farolas se hallaban apagadas, lo que en aquellas circunstancias les favorecía.
Un disparó se dejó oír.
Sentí un fuerte escozor en la pierna derecha, a la altura del muslo. Lancé una maldición al caer al suelo y soltarle la mano. Le dije que me habían dado y que no podía continuar y ella como respuesta me ayudaba a arrastrarme tras los coches aparcados sobre la acera. Allí mismo había una casa con doble portal y sin pensarlo – no había tiempo -, empujamos la primera puerta y entramos.
Cerraron la puerta y permanecieron en la oscuridad en absoluto silencio; sólo de vez en cuando se oía un ligero movimiento originado por la mano que frotaba el muslo para amortiguar el dolor causado por aquella bala de goma. Agudizaban el sentido del oído.
Las voces de dos policías rompieron el silencio. Estaban cerca.
– Ha caído por aquí y se ha refugiado tras los coches.
– Quizá en un portal. Yo miraré por este lado, tú hazlo por el otro.
Se separaron y pronto unos pasos crujieron contra el suelo. El escondite les pareció poco seguro y aún más cuando se abrió la puerta.
Noté mi sangre y se oía latir el corazón de mi amiga que al igual que el mío y por la rapidez en que manchaban, parecían ir al mismo compás. Miré al policía sin mirarle. Nos observó unos instantes en la penumbra. Nos hundimos .Ya sólo cabía esperar malos tratos y poca educación.
– ¿Hay algo? – preguntó el otro policía mientras se acercaba.
Cerró la puerta antes que su compañero pudiera ver y respondió:
– No, nada. Seguro que han llamado en alguna casa y les han dejado entrar. Volvamos a la plaza, aquello debe haber terminado.
Tardamos varios minutos en salir de allí. El miedo que pasamos aún no había desaparecido y ante todo deseábamos tranquilizarnos. Pensamos en la actuación del policía, tan inesperada y providencial. Se había constituido en cómplice circunstancial.
Salieron. Ella se interesó por la pierna dolorida.
– Un poco mejor. Esas balas de goma, además de doler, cortan la respiración.
Apoyado en ella, el caminar no le fue tan tortuoso y siguieron una dirección totalmente opuesta al lugar de los hechos. Poco después, se sentaban en un banco de madera, situado en una pequeña plaza, carente casi de iluminación, lo que les permitió observar las estrellas y ver aparecer la luna que equilibraba la noche sin saber que, en aquella zona, muy pocos la contemp1aban; tampoco creo que le importase.
Él seguía frotándose. Ella estaba muy cansada. Los dos callaban.
Al fin, en voz baja, él expresó los pensamientos que continuamente se mezclaban en su estado de ánimo.
Ha sido todo muy duro, incluida la acción de nuestro policía benefactor; ha hecho dudar por unos instantes mi opinión sobre ellos. Sólo es la excepción a la regla. En la plaza deben haber hecho su agosto con sus repudiables acciones que tanto les gusta practicar; y luego que no digan que sólo cumplían órdenes. Si alguien con autoridad les dice que debemos morir por ser lo que somos, lo hacen y quizá después lo celebren.
Ha sido estúpido por nuestra parte caer en esa trampa que nos han tendido los provocadores que quizá estaban de acuerdo con la policía. No sería extraño que fuera así. No, nada. Incluso puede ser cierto, sino ¿Por qué esperaron tanto en actuar? ¿Por qué lo hicieron cuando la manifestación se convirtió en un acto claramente provocador y no antes?
Imagino lo que estarían pensando mientras golpeaban, palabras que debían actuar sobre ellos como acicates. ¡Comunistas, comunistas!; ¡rojos masones!, ¡claros desestabilizadores de la seguridad de la nación!, según ellos. También puede que gritaran en su interior: ¡Jóvenes, j6venes!, porqué para nuestro queridísimo dictador, nosotros somos un peligro para el país, el mundo y la humanidad entera. Quizá sólo sea un sentimiento de envidia a nuestras ideas, a nuestras ilusiones y esperanzas. Quizá no quiere que tengamos lo que él no pudo tener en su juventud: la libertad; quizá la tuvo y no le gust6.
Quería su concepto de libertad.
Cuando mañana le comuniquen lo que aquí ha pasado, sus viejas mejillas se ruborizarán de alegría, si es que aún le queda color, y una sonrisa asomará en la boca. Quizá me equivoque y sean unas lágrimas desprendidas de sus hundidos ojos, las que cambien el aspecto de su rostro. Puede que llore por esa maltratada juventud que no sigue sus consejos convertidos en leyes fundamentales. Lo más seguro es que ni se entere. Puede que en el fondo nos ame y por ello desearía nuestra muerte, antes de que en nuestra mente se formen ideas contrarias a las suyas. Puede que en el fondo desee equivocadamente lo mejor para nosotros, pero ¡ojalá se muera pronto y nos deje en paz para siempre!
El odio y el dolor le impidieron llorar. Ella no se atrevió en ningún momento a romper el monólogo de su amigo que, mientras hablaba, miraba al infinito de su consciencia. El silencio siguió. Era un periodo en que las palabras, de ser pronunciadas, morirían en la misma boca, en que los oídos eran sordos y los ojos muy lejanos. Eran momentos en los que había de renovar la esperanza, ambicionar nuevos tiempos, creer en que aquello cambiaria. Eran momentos que mucha gente de aquel país, vivía diariamente. Eran unos momentos…
Medio millar de jóvenes en edades comprendidas entre los 17 y 20 años, fueron protagonistas en la noche de ayer, de una manifestación de estudiantes que tuvo lugar entre el paseo y la plaza del Ayuntamiento. Al llegar a ésta última, claros gritos antipatriotas fueron pronunciados por los manifestantes, para a continuación gritar consignas en las que se atacaba a la figura del Jefe del Estado.
Llegado a este punto, un numeroso contingente policial se personó en el lugar obligando a los manifestantes a dispersarse, siendo necesaria la utilización de métodos antidisturbios. Se produjeron varias detenciones.
La jefatura superior de policía ha publicado la siguiente nota:
Puestos sobre aviso con respecto a una manifestación ilegal que se estaba desarrollando en la plaza del Ayuntamiento de nuestra ciudad y en la que los manifestantes entorpecían el desarrollo normal de la vida ciudadana, se tomó la decisión de llevar al lugar de los hechos, una dotación de policía antidisturbios. Pacíficamente se les pidió que se dispersaran, a lo que, incomprensiblemente, se contestó con claros gritos en contra de la institución policial, así como a la figura y máximo representante del Estado. También es de destacar el lanzamiento de piedras que siguieron a esos gritos, produciendo lesiones en el rostro, de pronóstico reservado, a uno de los funcionarios policiales que tuvo que ser trasladado de urgencia a una clínica de la ciudad.
Ante la gravedad del suceso, se cargó contra las manifestantes y éstos respondieron con claras muestras de hostilidad, agrediendo a varios policías. Fue necesaria una segunda carga para disolver la concentración y devolver la seguridad a los ciudadanos.
Fueran detenidos veinte jóvenes, todos ellos estudiantes que, tras las primeras diligencias policiales, confesaron, seis de ellos, tener afiliación comunista. Los demás fueron puestos en libertad a las pocas horas.
Ante los rumores que ayer noche circulaban por la ciudad, hemos de aclarar que son del todo infundados, pues en ningún momento se ocasionaron heridas contundentes a los muchachos y mucho menos con desprendimiento de sangre. El origen de esos rumores se halla en aquellos que pretenden crear el desconcierto y el temor entre los conciudadanos y enfrentarlos a las fuerzas de seguridad pública.

Amigos (fragmento de novela inédita)
Crónica de un grupo de jóvenes a finales de la dictadura.

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