Trevanian, un seudónimo

En el mundo de la literatura abundan los casos de autores que publican bajo un seudónimo. No se debe confundir con la intención de un autor de tener un nombre literario de la misma manera que en el mundo del espectáculo se bautizan nombres artísticos que literalmente hacen desaparecer los nombres de verdad hasta llegar a las necrológicas, que a modo de anécdota hacen referencia a los nombres de nacimiento del fallecido, pero que en ningún caso quiere decir que el autor no muestre su imagen o haga una vida social pública y reconocida. En literatura en ocasiones los seudónimos se utilizan para preservar su anonimato cuando se trata de presentar obras a premios literarios, práctica recomendada o exigida por las bases del concurso y así el autor tiene posibilidades de ir presentando la misma obra en diferentes premios y con seudónimos diferentes. También hay autores que abundan diferentes estilos de escritura y preservan algunos de ellos bajo seudónimo para hacerse destacar en uno solo bajo su nombre de verdad.Pero la razón más curiosa y sorprendente es aquel seudónimo utilizado para quedar en el anonimato más absoluto, porque se entiende que un autor quiere adquirir un cierto reconocimiento público de su obra y en extensión, y a veces como prioridad, más reconocimiento para el escritor, por lo que no siempre se llega a entender esta necesidad por no ser conocido y mantener una gran distancia entre el autor y la publicación de su obra e, incluso, de su éxito. Y no es, hasta su muerte, que los editores o los lectores averiguan y descubren el auténtico escritor escondido detrás del seudónimo.Trevanian es el seudónimo del escritor americano Rodney Whitaker, nacido en Nueva York en 1931 y muerto en Inglaterra el año 2005. Fue profesor de cine en la Universidad Austin de Texas y vivió varios años en el país vasco francés. De manera paralela y bajo su seudónimo, desarrolló una carrera de éxito literario con millones de libros vendidos y traducido a 14 idiomas. Y aún así mantuvo oculta su identidad y se desconocen sus razones porque tampoco lo dejó escrito ni concedió entrevistas.Se hizo popular, el seudónimo, porque de una de sus obras se hizo una adaptación cinematográfica de  cierto éxito y también porque fue protagonizada por la estrella de cine Clint Eastwood. Sanción en el Eiger, película del año 1975 conocida en España con el título de Licencia para matar, narraba la acción de la monótona vida de un profesor de arte universitario que para aumentar su colección privada de obras de arte, se alquilaba como asesino a organismos paraoficiales que le encargaban drásticas sanciones a espías descarrilados. Una doble vida mucho más intensa que la propia de Trevanian que en todo caso alternaba las más pacificas de profesor y escritor. Quizá para comprender mejor el personaje una de las dos debía ser anónima.No sé si en la misma época el autor fue traducido en España, pero ahora Roca Editorial ha hecho una edición en castellano de tres de sus obras más conocidas, Sanción en el Eiger, de 1972, La sanción de Loo, de 1973 y Shibumi, de 1979. Las dos primeras tienen por protagonista al reconocido profesor de arte Jonathan Hemlock que en sus acciones mercenarias al servicio del espionaje americano en la primera y británico en la segunda, realiza las sanciones llamadas en los títulos y que le llevarán al conocimiento y horror de lo peor de las acciones de espionaje y sus consecuencias. Son dos obras trepidantes con la mejor narrativa de suspense y sorpresa que puede deparar este tipo de género. Por sí mismas ya merecen un lugar destacado en la literatura de espionaje. Pero sólo son una muestra de lo que estaba por llegar. Sin abandonar el estilo de mercenario a sueldo, ahora el protagonista es el misterioso Nicholai Hei, que en un perfil extremo de iniciado con las artes de la filosofía oriental, deberá combatir y también sancionar la red más siniestra del espionaje internacional haciendo valer su estado de perfección conocido como Shibumi. De esta obra se utiliza una frase comercial contundente, la novela de espías de culto, pero para los aficionados al género no es sólo un eslogan. En verdad de su lectura se desprende un gozo, una experiencia sensorial de increíbles vibraciones no sólo por la trama, también por la narrativa descriptiva e impactante de cada una de sus páginas. Una auténtica obra maestra.Una recomendación para los que quieran entrar en una experiencia única de lectura. Y mejor hacerlo con la progresión de su autor empezando por las dos primeras sanciones y culminar con, Shibumi, una auténtica sanción para el sentimiento del lector y un homenaje a un verdadero autor con seudónimo.
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